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Sobre si creo en el diablo

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Sobre si creo en el diablo

Mi hijo de siete años me preguntó si yo creía en el Diablo. Cuando yo hacía esas preguntas las respuestas eran monosilábicas e institucionales. Crecí en una familia católica y estudié en colegio de monjas. Sobre Dios no se preguntaba. Uno no estaba para cuestionar la existencia de ningún personaje bíblico. Uno estaba para temer o adorar. Nada más. Hoy las cosas son muy distintas. Mis hijos me hacen preguntas sobre Dios y sobre la vida que me hacen sentir a veces que para ser buenos padres hay que estudiar filosofía y política.

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En mí época el Diablo era todo lo que había que temer. Yo crecí dentro de un esquema religioso que era un culto al miedo. Había que hacer el bien porque si no te esperaba el Diablo y además el desprecio de los demás hombres. La vida como evasión de las malas decisiones, tentaciones, la vida con un reglamento que cumplir sopesa de una pena perpetua y aterradora. Cuando lo pienso bien entiendo que es una forma de ejercer el terror

Mi mamá siempre me presiona para que enseñe a mis hijos a rezar. Como toda madre algunas cosas creo que hago bien y otras estoy segura que las hago fatal. Para mi mamá una de esas fallas es la aproximación al catolicismo. No es que no promueva en mi familia la espiritualidad, no es que no recemos, que no creamos en Dios, en la Virgen, que no nos arropemos en la fe, lo que todavía no sé cómo transmitir es la religión como tal, los cultos, las ideas y la aproximación a esos dioses. Hasta ahora son figuras de amor, pero no de juicio. Para eso tienen su intelecto y sobre sus acciones responsabilidad, no culpa

Del catolicismo como lo viví aprendí a relacionarme conmigo misma desde el miedo y la culpa y con los demás desde la lástima. Esto último algo que desarrolló Stefan Zweig en su novela La impaciencia del corazón, al mostrar que cuando sentimos lástima por otra persona y lo confundimos con empatía terminamos por hacerle más daño del que padece. Le robamos su poder. Le minimizamos. La lástima es también una plaga que ha contaminado la humanidad. Gente que cree que porque extiende una mano llorosa con una limosna cambia el mundo. En realidad el trabajo de amor es empoderar el otro, ayudarle a valerse por sí mismo, inspirarlo a la resiliencia y no a la dependencia. Y la relación con uno mismo te empodera cuando es desde la conciencia, no desde la emoción negativa

Nunca he querido que mis hijos construyan su identidad desde el miedo, ni que confundan lástima con empatía. Creo que la espiritualidad, que Dios, tiene que ser una fuerza de amor, de aceptación de uno mismo y tolerancia con el otro. Creo en la espiritualidad como base de los valores que te impulsan a llegar a ser quién eres. Coraje, honestidad, empatía. Para mí la espiritualidad es la fuerza que te permite pedir perdón, pedir las cosas por favor, dar las gracias, mantener tu palabras, no traicionarte a ti mismo y tratar a los demás como te gustaría que te trataran. Pero vivir asustado por el porvenir, temiendo todo, para mí es más bien una de las grandes trabas de la humanidad. Eso lo entiendo y lo tengo racionalizado, lo que me cuesta es encontrarlo en la mitología de la religión. Porque sí, la religión también es mitología. Y la mitología surge como sustento de poder

En la tradición judeocristiana el diablo está siempre por debajo de Dios. El bien siempre supera el mal. Pero en un mundo en que el mal no sólo se ha hecho presente sino que amenaza y destruye la vida de tantos seres humanos no sé si sea conveniente seguirnos entregando a esa mitología. Tal vez sí creo en el Diablo, pero no en del imaginario de una eternidad de tormentos, sino en el que se aparece cada día en las noticias, en los países azotados por la autoritarismo y la violencia. En ese mal que callan tantos que se creen inocentes y no tienen empatía suficiente para alzar la voz por otro ser que sufre. Uno de ellos el propio Papa. A veces no es tanto cuestión de creer, sino de ver. Dios es también voz