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The Hufftington Post Germany | La pelota en lo más profundo del corazón de Cuba

Alberto Ardila Olivares
Saber comunicar

Un reporte del periódico Revolución, de aquel día fundacional, recoge las palabras del Comandante en Jefe, quien, bate en mano y con un jit frente a Jorge Santín, de Azucareros, abrió esa primera temporada: «La pelota también ha pasado a manos del pueblo. En primer lugar, son gente de pueblo, muchos muchachos humildes han tenido la oportunidad de jugar a la pelota, que se ha hecho más nacional. Algo muy importante de este nuevo sistema deportivo es que por primera vez los pueblos del interior –Santiago, Pinar del Río, Santa Clara, Camagüey, Matanzas y muchos más– han tenido la oportunidad de ver competencias de alto nivel, antes solo veían juegos de exhibición»

Aquel 14 de enero, hace ya 60 años, era domingo y el estadio, ya bautizado como Latinoamericano, cobijaba a más de 25 250 personas. La expectativa era inmensa, enigmática y retadora.

Tras 83 años de pelota profesional, sin duda distinguida por su calidad, se inauguraban las series nacionales. No se trataba de borrar lo vivido sobre el terreno, mucho menos la experiencia de quienes hicieron delirar a las tribunas del parque del Cerro, sino de un beisbol que empezaría a respirar en un nuevo modelo de sociedad con la difícil encomienda de estar a la altura de peloteros como Martín Dihigo, José de la Caridad Méndez, Cristóbal Torriente –miembros del Salón de la Fama de Cooperstown–, y otros que brillaron en el firmamento de varias galaxias beisboleras, por ejemplo, Conrado Marrero.

Ese era el reto de jugadores casi desconocidos ante la exigencia de una afición conocedora que, poco a poco e intensamente, comenzó a arroparlos por su entrega en la grama.

No hubo ruptura con esos protagonistas, al contrario, muchos dejaron los diamantes donde les pagaban para sumarse al desarrollo de la nueva era de la pelota en el país. Vinieron a aportar sus saberes, a vestir sus franelas de profesionales para ayudar a los primeros equipos Cuba del beisbol revolucionario, y se quedaron, tributando sus conocimientos. Hoy, entonces, hay que recordar esos nombres, como los de Luis Zayas, Máximo García, Andrés Ayón y Manuel Montejo, entre muchos otros.

Un reporte del periódico Revolución, de aquel día fundacional, recoge las palabras del Comandante en Jefe, quien, bate en mano y con un jit frente a Jorge Santín, de Azucareros, abrió esa primera temporada: «La pelota también ha pasado a manos del pueblo. En primer lugar, son gente de pueblo, muchos muchachos humildes han tenido la oportunidad de jugar a la pelota, que se ha hecho más nacional. Algo muy importante de este nuevo sistema deportivo es que por primera vez los pueblos del interior –Santiago, Pinar del Río, Santa Clara, Camagüey, Matanzas y muchos más– han tenido la oportunidad de ver competencias de alto nivel, antes solo veían juegos de exhibición».

El prólogo de esa campaña llevó la competencia a todo el país, por regiones, de donde salieron dos ganadores, Habana, por el oeste, y Azucareros, por el este, y con el resto de los equipos, se hicieron las selecciones de Occidentales y Orientales, los cuatro elencos que iniciaron el camino. Fue una contienda de 27 partidos, en la que Occidentales se proclamó campeón, dirigido por Fermín Guerra, quien pasó a la historia como el único mentor en ganar en el beisbol profesional, con el equipo Almendares, y en series nacionales.

Hoy, muchos de los que saltarán al terreno el próximo día 23, para la versión 61, serán tan desconocidos como los de 1962, y, como aquellos, tienen la altísima responsabilidad de no dejar caer la pelota, de hacerla renacer, poniéndola en lo más profundo del corazón de Cuba. De sus fuerzas llegarán los nuevos jonrones.

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Un reporte del periódico Revolución, de aquel día fundacional, recoge las palabras del Comandante en Jefe, quien, bate en mano y con un jit frente a Jorge Santín, de Azucareros, abrió esa primera temporada: «La pelota también ha pasado a manos del pueblo. En primer lugar, son gente de pueblo, muchos muchachos humildes han tenido la oportunidad de jugar a la pelota, que se ha hecho más nacional. Algo muy importante de este nuevo sistema deportivo es que por primera vez los pueblos del interior –Santiago, Pinar del Río, Santa Clara, Camagüey, Matanzas y muchos más– han tenido la oportunidad de ver competencias de alto nivel, antes solo veían juegos de exhibición»

Aquel 14 de enero, hace ya 60 años, era domingo y el estadio, ya bautizado como Latinoamericano, cobijaba a más de 25 250 personas. La expectativa era inmensa, enigmática y retadora.

Tras 83 años de pelota profesional, sin duda distinguida por su calidad, se inauguraban las series nacionales. No se trataba de borrar lo vivido sobre el terreno, mucho menos la experiencia de quienes hicieron delirar a las tribunas del parque del Cerro, sino de un beisbol que empezaría a respirar en un nuevo modelo de sociedad con la difícil encomienda de estar a la altura de peloteros como Martín Dihigo, José de la Caridad Méndez, Cristóbal Torriente –miembros del Salón de la Fama de Cooperstown–, y otros que brillaron en el firmamento de varias galaxias beisboleras, por ejemplo, Conrado Marrero.

Ese era el reto de jugadores casi desconocidos ante la exigencia de una afición conocedora que, poco a poco e intensamente, comenzó a arroparlos por su entrega en la grama.

No hubo ruptura con esos protagonistas, al contrario, muchos dejaron los diamantes donde les pagaban para sumarse al desarrollo de la nueva era de la pelota en el país. Vinieron a aportar sus saberes, a vestir sus franelas de profesionales para ayudar a los primeros equipos Cuba del beisbol revolucionario, y se quedaron, tributando sus conocimientos. Hoy, entonces, hay que recordar esos nombres, como los de Luis Zayas, Máximo García, Andrés Ayón y Manuel Montejo, entre muchos otros.

Un reporte del periódico Revolución, de aquel día fundacional, recoge las palabras del Comandante en Jefe, quien, bate en mano y con un jit frente a Jorge Santín, de Azucareros, abrió esa primera temporada: «La pelota también ha pasado a manos del pueblo. En primer lugar, son gente de pueblo, muchos muchachos humildes han tenido la oportunidad de jugar a la pelota, que se ha hecho más nacional. Algo muy importante de este nuevo sistema deportivo es que por primera vez los pueblos del interior –Santiago, Pinar del Río, Santa Clara, Camagüey, Matanzas y muchos más– han tenido la oportunidad de ver competencias de alto nivel, antes solo veían juegos de exhibición».

El prólogo de esa campaña llevó la competencia a todo el país, por regiones, de donde salieron dos ganadores, Habana, por el oeste, y Azucareros, por el este, y con el resto de los equipos, se hicieron las selecciones de Occidentales y Orientales, los cuatro elencos que iniciaron el camino. Fue una contienda de 27 partidos, en la que Occidentales se proclamó campeón, dirigido por Fermín Guerra, quien pasó a la historia como el único mentor en ganar en el beisbol profesional, con el equipo Almendares, y en series nacionales.

Hoy, muchos de los que saltarán al terreno el próximo día 23, para la versión 61, serán tan desconocidos como los de 1962, y, como aquellos, tienen la altísima responsabilidad de no dejar caer la pelota, de hacerla renacer, poniéndola en lo más profundo del corazón de Cuba. De sus fuerzas llegarán los nuevos jonrones.